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Ser paz para hacer la paz. El corazón de la enseñanza de Thay

Miguel Ángel Polo Santillán

Doctor en Filosofía. Docente de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y de la Universidad de Lima

Thich Nhat Hanh (1926), monje zen de origen vietnamita, cumplió 94 años el último 11 de octubre. Fue propuesto por Martin Luther King Jr. para el Premio Nobel de la Paz (1967), debido a su actividad pacifista en Vietnam. Fundó en 1982 la comunidad budista Plum Village, ubicado en Francia, visitado por miles de personas y desde ahí se ha ido extendiendo en diferentes partes de Europa. Llamado Thay (maestro en vietnamita), además de monje dedicado a la meditación, es escritor, poeta, activista y reconocido como iniciador del “budismo comprometido”. El año pasado regresó a Vietnam, al monasterio donde se ordenó.

El primer libro que leí de Thay fue The Miracle of Being Awake. A Manual on Meditation for the use of young activists (1980), a fines de los años 80. Una edición inglesa traducida del vietnamita, publicado por Buddhist Publication Society, de Kandy-Sri Lanka. Esta precisión es importante, pues esta editorial publica especialmente libros de la tradición del budismo Theravada, mientras que Thay sigue la tradición zen, en su versión vietnamita. Esta fue la primera obra de meditación budista que leí y aprender que el simple caminar puede ser un acto meditativo y que cada paso que damos puede ser un acto maravilloso. Y agregaba Thay (1980): “Pienso que el verdadero milagro no es caminar sobre las aguas o en el aire, sino caminar sobre la tierra” (p. 13). Así pues, la meditación era estar enfocado en lo que estamos haciendo, “estar alerta y listo para manejar hábil e inteligentemente cualquier situación que pueda surgir, esto en sí mismo es atención plena (mindfulness)” (p. 14). Justamente, Mindfulness será el término que dará sus frutos en Occidente, con sus investigadores y practicantes. Sin duda, Thay ha sido una fuente inspiradora.

Como monje vietnamita, tuvo que ver el horror de la guerra en su país, hecho que marcaría su práctica budista, pues la enseñanza la enfocará a generar paz dentro de uno e iluminar a los demás, es decir, sacar al budismo del lenguaje hermético y monástico al mundo con sus problemas cotidianos de sufrimiento y no saber vivir bien. Por eso, varias obras suyas tendrán como tema la paz. Por ejemplo, nos dice: “Trabajar para la paz no es un medio, cada uno de nuestros pasos debe ser paz, cada uno de nuestros pasos debe ser alegría, cada uno de nuestros pasos debe ser felicidad” (1994, p. 58). En otra obra insiste: “En realidad, practicar la paz y la no violencia está muy mejor de la pasividad. Practicar la paz, hacer que la paz viva en nosotros, es cultivar activamente la comprensión, el amor y la compasión, incluso cuando nos enfrentamos a la incomprensión y el conflicto” (2004, p. 9). Así, la paz no es solo ausencia de guerras, sino tenemos que cultivarla hasta ser la paz misma. Y esa posibilidad o potencial está en nosotros mismos.

Este budismo comprometido le permite a Thay trabajar distintos aspectos de la humana contemporánea: la violencia, la ira, la alimentación, la crisis medioambiental, el activismo no violento, la forma desatenta de vivir, etc. Veamos brevemente algunas de sus enseñanzas acerca de cómo afrontar nuestros sentimientos negativos, útil en estos tiempos de pandemia.

Las experiencias de odio, frustración, ansiedad, tristeza, miedo, son frecuentes en la vida humana, especialmente en tiempos difíciles. Thay, y el budismo en general, enseña a no huir de ellas sino reconocerlas, verlas, darse cuenta de ellas, pues su poder aumenta cuando no lo hacemos. Reconocer esas emociones y sentimientos sin juicio negativo alguno. Escribe (1980): “La tristeza o la ansiedad, odio o pasión, bajo la mirada de nuestra concentración y meditación, revelan su propia naturaleza (…) Debemos tratar nuestra ansiedad, dolor, odio y pasión, amablemente, respetuosamente, no resistiéndolo, sino viviendo con ello, haciendo la paz con ello, penetrando en su naturaleza por medio de la meditación sobre la interdependencia” (p. 46). Nuestra actitud natural es rechazar esos estados emocionales o simplemente nos dejamos llevar por ellos. El budismo de Thay nos enseña a acogerlos compasivamente y comprender su naturaleza interdependiente, es decir, que ha sido producida por ciertos factores impermanentes y, por eso mismo, también dejarán de estar si los vamos comprendiendo.

Así, la práctica de la meditación es aprender a percibir las cosas, en su origen y cesación. Por eso, el budismo habla de recta comprensión, importante también para ver nuestro mundo mental. Pero esta comprensión, que es de nuestra verdadera naturaleza también, es no dual, asunto nada sencillo para la mente occidental pues sus procesos mentales se basan en la dualidad, como “yo pienso” o “yo comprendo”, separándose del objeto comprendido. En la tradición budista de Thay, la comprensión unifica, no separa. Por eso, quien medita comprende, se vuelve uno con el objeto meditado. Para decirlo con Dōgen (2015), monje zen del siglo XIII: “El que mira y el que es visto, el que refleja y el que es reflejado, son uno; la práctica y la dominación son uno” (p. 190). Así, al indagar sobre la montaña, son “las montañas estudiándose a sí mismas” (p. 190). En esa misma línea, Thay (1987) nos habla de una mirada no dual, por eso, al tratar las pasiones humanas: “Si yo tengo un sentimiento de ira, ¿cómo meditaré sobre eso? (…) Yo sé que la ira soy yo, yo soy la ira. No dualidad, no dos. Tengo que tratar a mi ira con cuidado, amor, ternura, no violencia. Porque la ira soy, tengo que atender a mi ira como atendería a una hermana o hermano más joven, con amor, con cuidado, porque yo mismo soy la ira. Estoy en ello, yo soy ello” (p. 40). Si luchamos contra la ira creamos un campo de batalla interior y exterior, aniquilándola nos aniquilamos. Por eso, la importancia del reconocimiento, de la conciencia de que “la ira está en mí, yo soy la ira”. Y agrega: “nosotros tenemos que convertir la ira en alguna clase de energía que sea más constructiva, porque la ira está en ti. Sin ira, no te queda nada. Ese es el trabajo de meditación” (p. 41). Así, una percepción diferente se hace indispensable, sino seguiremos mirando sin ver.

Finalmente, el sustento filosófico de la enseñanza de Thay es la tradición mahayana, que él resume con el término interser, pues expresa la idea de interrelación de todos los seres. Sobre este término, escribe (1987): “Nosotros hemos hablado sobre los muchos en el uno y lo uno conteniendo los muchos. En una hoja de papel, vemos todo lo demás, la nube, el bosque y la maderera. Yo soy, por lo tanto, tu eres. Tu eres, por lo tanto, yo soy. Ese es el significado de la palabra “interser”. Nosotros inter-somos” (p. 87). Esa es la clave para la comprensión, la moralidad y la meditación, elementos centrales de la enseñanza budista.

Las enseñanzas de Thay son universales, por lo que no hay que ser budistas para valorar el espíritu humanista que subyace en sus obras. Por lo que sus más de noventa obras siempre serán ventanas abiertas para mirar la realidad de otro modo y aprender a ser mejores seres humanos.

 

 

 


Referencias

Dōgen (2015). Shōbōgenzō. La preciosa visión del Dharma verdadero. Barcelona: Kairós.

Thich Nhat Hanh (2004). Construir la paz. El fin de la violencia en el mundo, en tu entorno y en tu interior. Buenos Aires: Del Nuevo Extremo.

Thich Nhat Hanh (1994). Hacia la paz interior. Barcelona: Plaza & Janes.

Thich Nhat Hanh (1987). Being Peace. Berkeley: Parallax Press.

Thich Nhat Hanh (1980). The Miracle of Being Awake. Kandy: Buddhist Publication Society.